Grabado

 

EL ESPÍRITU QUE VIVIFICA

Los virtuosos grabados de Negishi Fumiko tienen el adivinado aroma de los jardines japoneses, evitan la simetría y los colores intensos, juegan con delicadeza con formas sencillas que nos evocan el mundo natural. Sus esquemas parecen el fruto de un lento adiestramiento, en el que la evidente habilidad artística se sostiene en un sospechado ejercicio espiritual. Por eso nos sorprenden, por eso nos intrigan.
La belleza que emanan tiene siempre una expresión singular, que nos habla de un  universo elemental y poderoso: un universo en el que el cielo, la tierra y también el hombre conviven en refinadas líneas. Sus grabados son constelaciones en las que la armonía no reside en ordenaciones lógicas, sino en interrogaciones sutiles y en respuestas
inesperadas. Tienen una conmovedora sabiduría que se contrapone a la frescura juvenil de Negishi Fumiko.
Sus trabajos se ven desde España como una deslumbrante aportación de la mirada oriental al arte contemporáneo, y pienso que a los ojos de sus compatriotas revelaran paisajes nuevos, en los que han influido también las singularidades del espacio y de la luz en el que fueron realizados. Los misterios del viaje a un territorio diferente, los descubrimientos de nuevas perspectivas, fructifican en sus hermosas instantáneas de lo esencial.
La austeridad de sus composiciones tienen el laconismo que identificamos con el espíritu Zen, ese delicioso gusto por la brevedad y la precisión que admiramos en las estrofas de los tanka y los hai-ku, pero gozan también de esa siempre emocionante iluminación íntima que distingue la intuición, el conocimiento absoluto del satori, de la lógica
occidental. Ese espíritu que vivifica todo lo que toca y que se manifiesta con el súbito resplandor de un relámpago.

Marcos-Ricardo Barnatán,
Crítico de Arte Diario Español “EL MUNDO”